Cuando era ella misma, su mirada dejaba entrever sus intenciones virgenes, con ese pícaro destello en los ojos que desvelaba su falsa inocencia de adolescente.
Era cuando le faltaba su droga, que la locura la vencía. Necesitaba su dosis diaria de vida para no traicionar a su personalidad.
Cada vez más, cada vez más cerca del límite, se iba acercando al fin. Ella quería vivir un poco más, una dosis más alta.
Su cuerpo lo necesitaba para seguir sintiendo los placeres de la vida.
El ansia volvia una vez más, y sus habituales sonrisas dejaban paso a gritos desesperados y a lágrimas sin argumentos. Con los nervios a flor de piel, y las ganas de una dosis más, ya no era la misma chica con pájaros en la cabeza. Y en su mirada, ahora corrupta, se reflejaba un mundo que no le pertenecía.
¡Qué bueno!
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